La jornada 126 de nuestra tertulia nos proporcionó una verdadera transformación. Hablamos de la misma, de la Metamorfosis de Kafka y de muchas cuestiones más sobre las que tertuliamos y aprendimos. Y nos emocionamos... Y hasta nos reímos.
En fin, una jornada vespertina que dio para mucho.
Yo leí mi relato LA METAMORFOSIS CAPILAR, de mi libro "Hasta que la muerte nos depare".
Aquí puede verse el texto, fotos y el vídeo, gracias a Lola Fontecha.
El picor no me dejaba dormir en el
silencio impoluto de la noche. ¿O ya es el amanecer?
En este duermevela inquieto, mi mano
derecha se dirigió al pecho, topándose con un bosque quejumbroso de helechos,
mis dedos se enredaban por doquier con esa espesura.
Un sudor frío se apoderaba de la
situación cuando, con la otra mano, intenté sacármelo y, sacrebleu!, el
flequillo estaba más largo que nunca.
¿Qué digo? ¡Si yo no tengo flequillo!
Mi mano siguió hurgando mi cráneo de
ralo aspecto caucasiano, ¡qué digo ralo! Lampiño…
Mas no, sorpresa, mi cabeza estaba
ocupada por un sinfín de largos cabellos cual caballo, que la cubrían en su
plenitud.
¡No podía ser!
Se trataba de un sueño, supongo.
Me incorporé de golpe y, sentado en
la cama, observé a mi compañera de sueños y vida… Dormía plácidamente.
Tiré de un mechón para cerciorarme de
mi nuevo aspecto y sentí un dolor nuevo.
Giré un poco la cabeza, el espejo se
encontraba a buena altura entonces para comprobar mi nuevo aspecto.
Pero tenía miedo, mucho miedo.
Me armé de valor y giré un poco más
la cabeza, superando la incertidumbre y el terror que me embargaba.
Mi ojo derecho fue el primero en
llevarse esa mayúscula sorpresa. Uf.
El izquierdo halló de nuevo la misma
visión, bueno, desde su punto de vista.
No había duda.
Era yo.
Una inmensa melena caía por los
hombros… Eran mis ojos, mi nariz, mi boca…, ¡pero no mis pelos!
No podía ser…
Pero era.
Toda una realidad.
Mi lampiña cabeza se había
transformado en una cabellera hippy.
No lo podía creer.
Súbitamente, me fui al cuarto de baño
y me encerré para poder observarme detenidamente. Puse el cerrojo.
Era cierto.
El espejo me devolvió mi nuevo
aspecto.
Mis ojos parecían salirse de sus
órbitas…
Allí estuve observándome durante horas. Cuando ya había comprobado detenidamente cada cabello que se deslizaba suavemente por hombros y espalda, sentí unos golpes al otro lado de la puerta, como un interrogante.
Mi compañera se había despertado y
necesitaba entrar.
Amor, ¿por qué has cerrado? Necesito
entrar.
Yo, simplemente, gruñí de espanto. Y
ella no tuvo más opción que ir al piso superior a evacuar.
Volvió a mi puerta algunos minutos
después y reiteró su llamada.
¿Te ocurre algo?
Volví a gruñir.
Me estás asustando, abre.
Silencio.
¡Abre! Subió el volumen y el tono
insistente, inquisidor.
Siguió golpeando durante varios
minutos más.
Y yo continuaba en silencio mientras
ambas manos sujetaban la cabeza.
Mis ojos no daban crédito a lo que
había visto y, avergonzado, desistí de mirar.
Sentí a mi amor, mi compañera, hablar
por el móvil unos instantes con nuestros hijos, mientras insistía en sus
gritos.
No sé cuánto tiempo pasó… ¿Horas?
Lo cierto es que tras la puerta ya se
acumulaba toda nuestra descendencia impaciente.
Alguien propuso forzar la puerta.
Mis cuerdas vocales no podían ya
emitir ningún sonido.
Escuché forzar la cerradura mientras
yo, impávido, continuaba sentado en el wáter tapado.
De repente, la cerradura cedió.
No, no sé quién fue el primero que comprobó mi situación, o
mejor, mi aspecto, pero se retiró rápidamente del susto.
Alguien más se asomó ante la
incertidumbre, y volvió sobre sus propios pasos.
Oí cerrar de nuevo la puerta.
No sé si fueron días, semanas o
meses.
Yo permanecía impasible. La puerta no
se volvió a abrir más.
¿Tan deleznable era mi nuevo aspecto?
Y tomé una determinación. Cogí la
maquinilla eléctrica y empecé a raparme desaforadamente, como si no hubiera un
mañana.
Y no paré hasta no dejar un solo vello en todo mi
cuerpo, desde los dedos del pie hasta la cabeza, incluida la espalda, pecho y
pubis.
Un gran montón de pelo se acumulaba a
mis pies.
Uno de ellos me produjo un estornudo
y saltó otra gran cantidad de ellos en todo aquel habitáculo, espolvoreando
todo el aire viciado que me circundaba.
Cada vez había más cabellos volantes
a mi alrededor.
Me aprisionaban, no podía casi ni respirar, no podía ver más allá de esa negritud, se me metían por todos los resquicios de mi cuerpo, incluso nariz y boca… Agggg.
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