lunes, 11 de mayo de 2026

EN LA TERTULIA PUERTA ABIERTA A LA IMAGINACIÓN, EN SU JORNADA 126

La jornada 126 de nuestra tertulia nos proporcionó una verdadera transformación. Hablamos de la misma, de la Metamorfosis de Kafka y de muchas cuestiones más sobre las que tertuliamos y aprendimos. Y nos emocionamos... Y hasta nos reímos.

En fin, una jornada vespertina que dio para mucho.

Yo leí mi relato LA METAMORFOSIS CAPILAR, de mi libro "Hasta que la muerte nos depare".


Aquí puede verse el texto, fotos y el vídeo, gracias a Lola Fontecha.

El picor no me dejaba dormir en el silencio impoluto de la noche. ¿O ya es el amanecer?

En este duermevela inquieto, mi mano derecha se dirigió al pecho, topándose con un bosque quejumbroso de helechos, mis dedos se enredaban por doquier con esa espesura.

Un sudor frío se apoderaba de la situación cuando, con la otra mano, intenté sacármelo y, sacrebleu!, el flequillo estaba más largo que nunca.

¿Qué digo? ¡Si yo no tengo flequillo!

Mi mano siguió hurgando mi cráneo de ralo aspecto caucasiano, ¡qué digo ralo! Lampiño…

Mas no, sorpresa, mi cabeza estaba ocupada por un sinfín de largos cabellos cual caballo, que la cubrían en su plenitud.

¡No podía ser!

Se trataba de un sueño, supongo.

Me incorporé de golpe y, sentado en la cama, observé a mi compañera de sueños y vida… Dormía plácidamente.

Tiré de un mechón para cerciorarme de mi nuevo aspecto y sentí un dolor nuevo.

Giré un poco la cabeza, el espejo se encontraba a buena altura entonces para comprobar mi nuevo aspecto.

Pero tenía miedo, mucho miedo.

Me armé de valor y giré un poco más la cabeza, superando la incertidumbre y el terror que me embargaba.

Mi ojo derecho fue el primero en llevarse esa mayúscula sorpresa. Uf.

El izquierdo halló de nuevo la misma visión, bueno, desde su punto de vista.

No había duda.

Era yo.

Una inmensa melena caía por los hombros… Eran mis ojos, mi nariz, mi boca…, ¡pero no mis pelos!

No podía ser…

Pero era.

Toda una realidad.

Mi lampiña cabeza se había transformado en una cabellera hippy.

No lo podía creer.

Súbitamente, me fui al cuarto de baño y me encerré para poder observarme detenidamente. Puse el cerrojo.

Era cierto.

El espejo me devolvió mi nuevo aspecto.

Mis ojos parecían salirse de sus órbitas…


Allí estuve observándome durante horas. Cuando ya había comprobado detenidamente cada cabello que se deslizaba suavemente por hombros y espalda, sentí unos golpes al otro lado de la puerta, como un interrogante.

Mi compañera se había despertado y necesitaba entrar.

Amor, ¿por qué has cerrado? Necesito entrar.

Yo, simplemente, gruñí de espanto. Y ella no tuvo más opción que ir al piso superior a evacuar.

Volvió a mi puerta algunos minutos después y reiteró su llamada.

¿Te ocurre algo?

Volví a gruñir.

Me estás asustando, abre.

Silencio.

¡Abre! Subió el volumen y el tono insistente, inquisidor.

Siguió golpeando durante varios minutos más.

Y yo continuaba en silencio mientras ambas manos sujetaban la cabeza.

Mis ojos no daban crédito a lo que había visto y, avergonzado, desistí de mirar.

Sentí a mi amor, mi compañera, hablar por el móvil unos instantes con nuestros hijos, mientras insistía en sus gritos.

No sé cuánto tiempo pasó… ¿Horas?

Lo cierto es que tras la puerta ya se acumulaba toda nuestra descendencia impaciente.

Alguien propuso forzar la puerta.

Mis cuerdas vocales no podían ya emitir ningún sonido.

Escuché forzar la cerradura mientras yo, impávido, continuaba sentado en el wáter tapado.

De repente, la cerradura cedió.

No, no sé quién fue  el primero que comprobó mi situación, o mejor, mi aspecto, pero se retiró rápidamente del susto.

Alguien más se asomó ante la incertidumbre, y volvió sobre sus propios pasos.

Oí cerrar de nuevo la puerta.

No sé si fueron días, semanas o meses.

Yo permanecía impasible. La puerta no se volvió a abrir más.

¿Tan deleznable era mi nuevo aspecto?

Y tomé una determinación. Cogí la maquinilla eléctrica y empecé a raparme desaforadamente, como si no hubiera un mañana.

Y no paré  hasta no dejar un solo vello en todo mi cuerpo, desde los dedos del pie hasta la cabeza, incluida la espalda, pecho y pubis.

Un gran montón de pelo se acumulaba a mis pies.

Uno de ellos me produjo un estornudo y saltó otra gran cantidad de ellos en todo aquel habitáculo, espolvoreando todo el aire viciado que me circundaba.

Cada vez había más cabellos volantes a mi alrededor.

Me aprisionaban, no podía casi ni respirar, no podía ver más allá de esa negritud, se me metían por todos los resquicios de mi cuerpo, incluso nariz y boca… Agggg.



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