del tiempo indeleble,
entre los sollozos de la noche queda.
A cada minúsculo paso
un caballo blanco, errante,
me detiene…
arrogante.
A cada ofuscado suspiro
un halo de energía efímera
me sublima la esperanza,
volatiza la apatía.
En cada goce impávido
mil batallas despavoridas
y un grito unánime
despiertan mi mente crítica.
Porque no encuentro el nácar
en los rostros de mi infancia,
en los rincones de mi juventud.